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Fecha
Noviembre / Diciembre 2017 - Nro 86 -Año XVII
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Una Firmeza Amorosa

En los consultorios pediátricos cada vez se reciben más consultas por conductas de oposicionismo de los niños. Hay quienes se niegan a probar alimentos nuevos y solo consumen dulces y comida chatarra. Otros se niegan a usar el inodoro pese a controlar esfínteres perfectamente. Algunos se niegan a colaborar en la casa en cualquier cosa que se les pida. Muchos hacen a propósito aquello que les ha sido prohibido, ya sea porque implique un riesgo o porque sea algo que no corresponde a la edad del niño. Es casi epidémico el problema de la adicción a las pantallas: niños que jamás responden al llamado a comer o a bañarse o a salir y entran en crisis de cólera violenta cuando se les apaga la computadora.

¿Qué está pasando en nuestra sociedad? Venimos de una época en la que los niños no tenían ninguna opción ya que el dominio de los padres era absoluto aún con aplicación de castigos corporales. Ahora nos hemos ido al otro extremo: padres que tienen temor de decir “no”. Y muchas veces al no poner un límite adecuado a la conducta de sus hijos llegan al punto de que el niño logra sacarlos de sus casillas y esos mismos padres amables y permisivos desatan una violencia contenida y desmedida porque no soportan más las conductas difíciles de sus hijos y ya no saben qué hacer con ellos. Esto se traslada por supuesto a la escuela, en la que los docentes deben lidiar con aulas de 30 niños que solo hacen lo que ellos quieren a costa de sus compañeros de aula.

Entonces ¿dónde nace esta dificultad? ¿Son niños más violentos y obstinados que los que nacían hace 50 años? ¿Son padres más inseguros? ¿Es que la publicidad constante que fomenta la rebeldía y el libertinaje desde la televisión y las computadoras penetra y deforma la mente de los chicos?

Todo es posible. Lo que sí creo desde un punto de vista netamente subjetivo, es que lo que los adultos carecemos muchas veces de la capacidad de ejercer una firmeza amorosa. Parece una contradicción y sin embargo no lo es. Por ejemplo, si un padre ve que su hijo está por cruzar la calle y viene un auto, sin ninguna duda tomará a su hijo y lo arrastrará con toda decisión a la vereda: es un acto firme y es un acto de amor a la vez. Lo mismo haremos si el niño intenta poner sus dedos en el enchufe o juega con un cuchillo peligrosamente.

¡Cualquier padre o madre es capaz de hacer esto por sus hijos! Quiere decir que todos poseemos la capacidad de ponernos firmes indeclinablemente, lo que sucede es que no usamos esa capacidad en lo cotidiano.

La firmeza amorosa proviene en primer lugar de estar totalmente convencidos de que la conducta de nuestros hijos no es positiva ni para ellos ni para los demás y por lo tanto hay que ponerle fin. Los niños, aún los muy pequeños, perciben automáticamente la firmeza o la duda de los padres y responden en consecuencia. El adulto que toma la decisión de poner fin a alguna conducta inconveniente de sus hijos necesita estar internamente convencido de que está actuando correctamente. Hay mucha culpabilización ante el hecho de “poner un límite”. Hablemos mejor de “ejercer una guía saludable”. El guía de montaña que no nos permite ir por la senda que conduce a un precipicio nos está poniendo un límite saludable. Lo mismo corresponde en la función de la paternidad: somos los guías iniciales para nuestros pequeños y se supone que conocemos el camino.

Cada vez que se desee modificar una conducta inapropiada, lo primero es explicarle al niño porqué es inapropiada y luego definir claramente que de ninguna manera se le va a permitir ese tipo de conducta en adelante para su propio bien; también se le puede adelantar cuál será la consecuencia en el caso de persistir en su conducta anómala. Si el niño percibe firmeza y se le habla amorosamente es muy probable que acepte cambiar.

¿Qué hacer si reincide? Una posibilidad es que pierda derechos que ya tenía. Por ejemplo, si cada vez que tiene que apagar la computadora para ir a cenar se enoja, perderá el derecho a usar la computadora por una semana, luego se le ofrece una prueba de una hora a ver si aprendió a no enojarse y así se va manejando el tema. Si un niño se niega a usar el inodoro y hace sus necesidades en cualquier otra parte, se le hará responsable de limpiar aquello que ensució, no como castigo sino como consecuencia natural de su decisión de haber ensuciado.

Hay infinidad de acciones que se pueden tomar sin necesidad de enojo ni violencia por parte de los padres. Lo paradójico es que una vez que los padres deciden aplicar este sistema, generalmente ya no hace falta porque el niño percibe un cambio en la actitud de los adultos y entonces comienza a respetarlos como autoridad natural. Un adulto voluble que no cumple con lo dicho pierde el respeto de los menores. También se debilita la autoridad saludable cuando en la pareja parental uno apaña al niño a escondidas, y a veces son los abuelos los que interfieren con las decisiones de los padres con la creencia de que “pobrecito es chiquito”.

No hay edad para que el niño se integre saludablemente en su medio: desde que nace está en constante proceso de adaptación a la sociedad.

¿Cómo puede ayudar la Homeopatía? Un buen remedio homeopático equilibrará el exceso de obstinación y agresividad de los niños y puede reforzar la autoconfianza y autoridad de los padres. Trabajar con todo el grupo familiar, tanto homeopáticamente como con una puericultura adecuada, cambia radicalmente la situación.

¡Hasta la próxima!

Dra. Liliana Szabó
Médica Pediatra y Homeópata
A.M.H.A.