Dr. Sergio Rozenholc

Periódico El Homeópatico

Terapia

El apuro como fuente de estrés

Dra. Liliana Szabó
Médica Pediatra y Homeópata

Vivimos en un mundo de relojes tiranos, de horarios prefijados, de listados interminables a cumplir en pocas horas. Además, nuestra organización cotidiana se ve interrumpida constantemente por imprevistos que, aunque leves e inofensivos, generan un descarrilamiento en el tren de nuestras tareas.

Para poder cumplir con esos relojes que nosotros mismos hemos programado, corremos más rápido de lo que nuestro Ser puede seguirnos y es precisamente ese desfasaje entre lo que la mente y el cuerpo físico hacen a toda velocidad y el lento desenvolvimiento de nuestro espíritu, lo que genera el estrés cotidiano y crónico.

¡Qué diferente es despertar una hora antes de lo habitual y hacer todo con calma, en paz, conectándonos con lo que estamos haciendo en el presente, en lugar de estar preocupados porque no llegamos a nuestra próxima tarea a tiempo!

¡Qué diferente es salir una hora antes de casa para no tener que correr ese colectivo que llegó justo antes que nosotros y poder esperar con toda tranquilidad el siguiente mientras disfrutamos del aire que respiramos y tal vez de algún pájaro que esté cantando!

Nos apuran desde antes de nacer: un embarazo normal puede durar entre 38 y 42 semanas pero ya a partir de la semana 38 el obstetra suele empezara a “empujar” el nacimiento, a veces con medicamentos y otras simplemente con palabras: “si no nace tal fecha vamos a inducir el parto”. Esto genera en la madre la sensación de que está corriendo una carrera contra su médico y ella quiere ganar: quiere que su hijo nazca espontáneamente cuando le toque nacer y no cuando el médico lo decida (estamos hablando de embarazos en los que todo está normal, por supuesto).

Ese estrés que sufre la mujer embarazada paradójicamente puede retrasar el nacimiento porque TODO ESTRÉS GENERA TENSIÓN FÍSICA y muchas veces un parto que iba a ser filudo, DISFRUTADO y normal se transforma en una cesárea que pudo haber sido evitada o en el mejor de los casos se logra llegar a un parto pero ya sin el disfrute de lo natural, de los tiempos fisiológicos de la madre y el niño. Será un parto forzado, manipulado y medicado por la omnipotencia de una medicina que cada vez respeta menos al ser humano al haberse olvidado de que somos seres físicos, psíquicos y espirituales en un solo todo indivisible al que hay que considerar.

Una vez nacido el niño, la primera angustia de su madre es que pronto lo va a tener que dejar en manos extrañas para regresar a su trabajo. La sociedad no le da TIEMPO a este nuevo Ser, lo apura a crecer, lo apura a experimentar situaciones para las que su psiquis aún no está preparada: un bebé nace confiando en que su madre estará cerca para acompañarlo hasta que esté en condiciones de salir al mundo (ej. Inicio del Jardín de Infantes). Por lo tanto la vuelta prematura al trabajo de su madre lo apura, lo estresa, lo enferma.

En la escuela hay que apurarse para levantarse temprano y al volver a casa hay que hacer la tarea. A los alumnos se les exige aprender al ritmo que marca el programa escolar vigente, sin tener en cuenta que a los niños se los agrupa según fecha de nacimiento y no según capacidades madurativas. Por ejemplo, un niño nacido el 30 de junio de 2015 será compañero de otro nacido el 1º de julio del 2014, o sea que habrá un año entero de diferencia entre ambos compañeros, lo que implica una enorme diferencia de capacidades mentales y emocionales. Esto significa que al niño nacido el 30 de junio todo le resultará más difícil y se verá constantemente apurado en su maduración: notas de la maestra porque no copia rápido o se distrae y este niño, al que se lo empuja a ir más rápido que su edad termina sintiéndose discapacitado con respecto a los demás, siempre dependiendo de psicopedadagogas o maestros particulares, lo que daña su autoestima.

¿Qué pasaría si se agruparan los niños en ciclos escolares semestrales en lugar de anuales y se evaluara su maduración antes del ingreso a primer grado? Así el niño se sentiría respetado en su propio ritmo de crecimiento y esto reduciría al mínimo el estrés cotidiano no solo de él sino de su maestra y su familia.

Una vez finalizado el ciclo escolar, al adolescente se lo apura a elegir su destino como si a los 18 años ya tuviera que saber qué quiere hacer el resto de su vida. Muchos de ellos se escapan de este sistema perverso de programación obligatoria y calzan su mochila al hombro para ir a recorrer mundo ganándose la vida como pueden para luego volver enriquecidos por la experiencia y con mayor claridad en las decisiones a tomar con respecto a sus vidas.

Si miramos la vida de los adultos, el reloj siempre es nuestro jefe implacable no solo en el trabajo sino en nuestros hogares. Es verdad que es necesario para poder organizarnos pero, como se comentó al inicio, darse tiempo extra para cada cosa cambia completamente la vivencia cotidiana y reduce notablemente el problema del estrés.

En síntesis, el apuro es una sensación incómoda que nos priva del disfrute de lo que estamos haciendo y nos saca de nuestro centro de equilibrio. Organizar las actividades cotidianas y las de nuestros hijos con intervalos de quietud en lugar de correr de una actividad a otra, redundará en un beneficio increíble para la salud física, psíquica y espiritual.

¡Hasta la próxima!